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La depresión ansiógena o agitada es una forma particular de depresión en la que la falta de energía vital no se manifiesta como pasividad, sino como una hiperactivación constante del organismo. La persona se siente vacía, cansada o desvitalizada, pero al mismo tiempo no puede parar: hace, cumple, responde, se exige.

A diferencia de la depresión inhibida, donde predominan la apatía y el retraimiento, la variante ansiógena se expresa con síntomas propios de la ansiedad:
hiperreactividad emocional, inquietud, taquicardia, insomnio, tensión muscular y una sensación persistente de urgencia interna.

El resultado es profundamente paradójico: el sujeto está agotado por dentro, pero atrapado en un movimiento constante que no siente como propio.

El conflicto interno: “No quiero, pero tengo que”

En el núcleo de este trastorno encontramos una contradicción estructural profunda. Por un lado, el individuo ha realizado —consciente o inconscientemente— una valoración negativa de su propia vida: vivir así “no compensa”, “no merece la pena”, “no tiene sentido”. Esta evaluación genera la base depresiva.

Sin embargo, esta desvitalización no conduce al abandono, porque coexiste con un intenso sentimiento de obligación. La persona siente que debe seguir funcionando: trabajar, cuidar, responder, cumplir expectativas, sostener a otros. Aparecen fórmulas internas como:

“No tengo ganas de vivir así pero no puedo parar.”
“No quiero seguir así, pero tengo que hacerlo.”
“Si me detengo, todo se viene abajo.”

Aquí se produce un punto clave:
la actividad ya no nace del deseo ni del proyecto personal, sino del deber hacer. El sujeto no actúa porque quiere, sino porque siente que no tiene alternativa.

Esta vivencia de obligación constante genera una experiencia psicológica especialmente dañina: la sensación de no existir en la propia vida. La persona hace muchas cosas, pero no se ve en lo que hace; vive, pero no se reconoce viviendo. La existencia se experimenta como algo ajeno, impuesto, sin autoría.

De este modo:

  • La depresión responde a lo que el sujeto siente y valora.
  • La agitación surge de lo que cree que está obligado a sostener.

El individuo deja de vivirse como sujeto de su existencia y pasa a funcionar como un instrumento al servicio de demandas externas o mandatos morales. Esta disociación entre vivir y sentirse vivo mantiene al organismo en alerta permanente. Para seguir existiendo se verá «obligado» generando una reactividad, con una sensación de inexistencia como ahora veremos.

Obligación, hiperactividad y sensación de inexistencia

El sentimiento de obligación continuada tiene un efecto directo sobre la vivencia del yo. Cuando una persona actúa de forma prolongada sin deseo, sin elección y sin identificación, se debilita la experiencia de ser alguien que vive su propia vida.

Así aparece una sensación característica de la depresión ansiógena: “Estoy, pero no soy”.

El sujeto puede describirse como alguien que funciona, pero no existe; que cumple, pero no se siente presente; que vive hacia afuera, pero está ausente de sí mismo.

Esta falta de auto-presencia refuerza la ansiedad, ya que el organismo se ve obligado a responder continuamente sin el sostén interno de un yo que gobierne la acción. La hiperactivación se convierte entonces en un intento desesperado de sostener una identidad basada solo en el hacer, no en el ser.

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Síntomas y efectos en el cuerpo

Cuando la hiperactivación es manifiesta, aparecen inestabilidad emocional, miedos difusos, rumiación obsesiva y sensaciones de ahogo o presión interna. En otros casos, la persona no reconoce conscientemente su ansiedad o la normaliza (“siempre he sido así”), y el conflicto se expresa a través del cuerpo.

Es frecuente que la depresión ansiógena derive en trastornos psicosomáticos crónicos, como:

  • Mareos, desorientación y confusión de origen psicógeno
  • Alteraciones digestivas, dermatológicas o inmunológicas
  • Dolores persistentes y disfunciones hormonales o sexuales

Desde un punto de vista funcional, la ansiedad actúa como un mecanismo de preparación frente a una exigencia que el sujeto percibe como amenazante o inasumible. El problema es que dicha exigencia no es puntual, sino permanente, lo que genera una espiral de tensión, preocupación y autoexigencia sin resolución real.

El camino hacia la recuperación

La salida de la depresión ansiógena no consiste en “hacer menos”, que puede ser si se decide desde una reflexión sobre qué criterios benefician, sino en volver a sentirse bien (sentirse existir) en lo que se hace. Esto implica un proceso de realización personal y fortalecimiento del núcleo del yo.

  1. Recuperar el autogobierno: Reconocer que uno es el autor de sus actos, pensamientos y decisiones, pasando del “tengo que” impuesto al “elijo” consciente.
  2. Revisar los criterios de valoración: Colocar la ontofilia —el respeto y aprecio por el propio ser— por encima de la utilidad, la obligación o la aprobación externa.
  3. Aceptar la realidad: Ajustar la mente a la verdad de los hechos, abandonando el pensamiento funcional que mantiene roles, sacrificios o exigencias para evitar el miedo a dejar de ser necesario.
  4. Aprender a existir como sujeto: Desarrollar las funciones gubernativas (conocer y valorar) para vivir desde la autoría personal, no desde la reacción obligada al entorno.

Una conclusión esencial

La depresión ansiógena no es solo un exceso de ansiedad ni una falta de energía: es una forma de existir sin sentirse existente. El bienestar psicológico no se encuentra en cumplir más ni en sostenerlo todo, sino en recuperar la experiencia de ser sujeto de la propia vida.

Vivir no es solo hacer. Es verse en lo que se hace, y reconocerse como origen de la propia existencia.

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